En torno al 80ª Aniversario de los Fusilamientos de 1939 en el olivar del cortijo de La Boticaria (Casas de Don Pedro, Badajoz)

Complejo concentracionario / Campo de concentración provisional de Zaldívar

La memoria es “topófila”: se vincula a territorios, itinerarios, espacios públicos, fronteras, etc[1]. La noción de “lugar de memoria” fue popularizada por Pierre Nora. Este autor ha tratado de dotarla de un sentido referido al locus memoriae de la retórica romana, artificio con el que el orador se fija una idea o un lugar, un punto de apoyo, para hilvanar su discurso. Los lugares de memoria nacen y viven del sentimiento de que no hay una memoria espontánea, y que es necesario mantener aniversarios, celebraciones, archivos para que la memoria no se pierda.

Con la crisis de la memoria tradicional y espontánea surge un nuevo tipo de memoria “moderna”, que ya no es espontánea, sino indirecta: es múltiple, descentralizada y democrática, y ya no está controlada por la familia, la Iglesia o el Estado; se basa más en la rememoración que en la repetición; tiene componentes más psicológicos, individuales y subjetivos que colectivos y se experimenta más como un deber que como una rutina[2].

Hablar de lugares de memoria en la España contemporánea en relación a la guerra civil, implica dirigir la atención a una clase especialmente controvertida de lieux, aquellos referidos al pasado traumático y a la sucesión histórica de políticas públicas de memoria y movimientos memorialistas de diversa índole relacionados con él.[3]

Entorno del olivar del cortijo de La Boticaria donde fueron fusilados un número indeterminado de prisioneros republicanos. Foto cedida Zoe de Kerengat. 15 de mayo de 2015.

En este epígrafe, nos estamos refiriendo a dos cortijos extremeños, habilitados como campos de concentración; uno fue el que dio nombre al complejo concentracionario, “el cortijo o casa Zaldívar […] que en realidad pertenece al término municipal de Puebla de Alcocer [Badajoz], […] polígono 7, parcela 336”[4], y el otro contiguo al primero y, también en el mismo término que el primero “[la casa o cortijo] “La Boticaria”, polígono 7, parcela 432”[5]. Ambos sitos a escasos tres kilómetros de la localidad de Casas de Don Pedro, estaban orientados a la explotación y transformación de los recursos agropecuarios, función con la que continúan en la actualidad.

Cuando las autoridades militares decidieron que, para dar un escarmiento ejemplarizante, había que ejecutar una cantidad indeterminada de prisioneros, necesitaron un lugar apropiado para llevar a cabo la salvaje acción. El dueño de la finca Casa de Zaldívar, aunque inicialmente concedió que fuera empleado el cortijo como lugar de reclusión, más tarde se negó a que en sus campos fueran asesinadas y enterradas un considerable número de personas. Pero Doña ‘Natis’, la registradora, propietaria de la casa de “La Boticaria” no era del mismo parecer. “Le dijo a la Guardia Civil: «Traigan aquí a todos los rojos de España para matarlos»”[6].

El cortijo de Zaldívar y el cortijo de “La Boticaria”

Nosotros vamos a fijar el foco de atención en un punto de apoyo, un lugar, alrededor de un hecho trágico, un asesinato en masa, que podríamos tipificar como genocidio, acaecido en el olivar de uno de los cortijos a los que nos venimos refiriendo a lo largo de la exposición, el denominado casa de “La Boticaria”, habilitado como campo de concentración provisional.

Al acabar la guerra, la unidad militar republicana que estaba luchando en el frente extremeño en aquella comarca, la 109ª Brigada Mixta, se encontraba en las cercanías de la localidad de Talarrubias (Badajoz). Sus hombres se entregaron en masa a las fuerzas militares de Franco, el día 27 de marzo de 1939, en el vado del río Guadiana denominado Barca. De allí los trasladaron al pueblo de Casas de Don Pedro (Badajoz), donde fueron encerrados en un local. Ese mismo día, otras fuerzas de la 81º Brigada Mixta, también se rindieron a los hombres del 185º Batallón del Regimiento La Victoria, mandado por el comandante Antonio Rivera Alted; estos prisioneros atravesaron el Guadiana más al norte, frente al Valle de Casarente, en la zona de Valdecaballeros.

La 109ª BM marcha hacia las líneas enemigas para entregarse

Prisioneros republicanos recorren el trayecto desde sus posiciones al lugar de entrega.

Al día siguiente, los 2.000 o 3.000 prisioneros, fueron conducidos caminando, durante tres kilómetros, a un cortijo llamado Casa de Zaldívar, acondicionado como Campo de concentración, ya dentro del término de Puebla de Alcocer, aunque a quince kilómetros de su núcleo urbano.

Oficialmente el Campo de concentración o Complejo concentracionario de Zaldívar, pasó bajo la jurisdicción del Ejército del Sur, el 26 de abril de 1939,[7] y la mayoría de los 2.284 prisioneros que continuaban todavía allí, fueron trasladados al Campo de concentración de Castuera (Badajoz), y, otro grupo más reducido, al cercano cortijo de “La Boticaria” que formaba parte del complejo, donde se unieron con el resto de los que ya se encontraban en él, en total unos 200 cautivos, mientras “se llevan a cabo el cumplimiento de misiones que no admiten demora”.[8]

Ermita de “Nuestra Señora de los Remedios” (Casas de Don Pedro)

Junto a los dos cortijos de las inmediaciones de Casas de Don Pedro, la ermita que se encontraba en el mismo pueblo, llamada “Nuestra Señora de los Remedios”, también albergaba presos civiles y algunos vecinos militares que habían retornado a su localidad de origen. El 15 de mayo de 1939 por la mañana, en un camión militar, transportaron parte de estos prisioneros desde la ermita hasta el cortijo de “La Boticaria”, donde se unieron a decenas de cautivos de las 81ª y 109ª Brigadas Mixtas republicanas que se habían clasificado y seleccionado en los Campos con anterioridad.

Ángel Mansilla, que se encontraba inicialmente en la ermita, fue fusilado en el olivar de la “La Boticaria”, junto al resto de civiles y militares aquel mismo día. Cuando Inés, su hija, fue a llevarle tabaco al templo, donde estaba encerrado, escasas horas antes de los hechos que acabarían con su vida, uno de los guardias le dijo: “vete niña, donde va tu padre le van a dar tabaco y lumbre”. Ella vio cómo subían a su padre y al resto de los hombres al camión que les conduciría a “La Boticaria”[9].

En este amplio grupo se debía encontrar también el hermano pequeño de Felisa Casatejada, promotora de las primeras exhumaciones de fosas que se realizaron en Extremadura durante el año 1978, Alfonso, de 17 años de edad, que también sería ejecutado junto a su otro hermano, Julián de 19 años; sucedió poco antes de las doce del mediodía del 15 de mayo de 1939. Durante el recorrido, pasaron junto a la casa de su hermana y, aunque esta no llegó a ver a Alfonso (pensó que se agacharía para que no viera que se lo llevaban), se imaginó que los transportaban para fusilarles[10].

Los conducían atados de a dos, con los cables de la luz. En las conversaciones vecinales posteriores siempre se habló que aquel día se habían ejecutado a más de cien hombres, sumando los militares de las brigadas clasificados durante las semanas previas en los propios Campos, más los que habían sido trasladados desde la población, pero a ninguna mujer.

La mayoría de los ajusticiados de la localidad eran civiles, aunque, como ya hemos dicho, había algún militar que, después de acabar la guerra, regresó a su pueblo, como Ángel que debía tener el empleo de sargento. Durante la contienda se había presentado como voluntario al no ser movilizada su quinta, y había estado en la retaguardia del frente de Madrid. Al volver Ángel, le denunció “el Rabiche”, uno de los ricos del pueblo. Por lo visto, al hijo de este último, llamado Arturo, le mató un compañero en el frente de un tiro, antes de terminar la guerra, por lo que su padre, a todo vecino que había pertenecido al ejército y volvía al pueblo desde el frente, lo culpaba de su muerte. Se sabía que era un infiltrado en el Ejército republicano, que enviaba mensajes al bando fascista[11].

Las reuniones donde se denunciaban y seleccionaban a las personas de la localidad que al final serían fusiladas, se realizaban por la noche en casa de Francisco López “el Morco”, donde se había constituido una junta local de depuración. Allí seguramente denunciaron a Ángel y a su mujer, aunque estos ya habían tenido pleitos con “el Rabiche” desde el año 1933, por lo que ya, solo por ello, podían considerarse señalados.

Los jóvenes fascistas de Casas de Don Pedro, nada más acabar la guerra, salían por la noche para golpear a la juventud de izquierdas que había retornado. Julián Casatejada de 19 años de edad, se encontraba prisionero en “La Boticaria” desde que una esas noches, tomó la decisión de que no correría para escapar de los jóvenes violentos. Al verse sorprendido, cogió un madero y golpeó a uno de ellos con él, rompiéndole el brazo. Al día siguiente, mientras estaba cenando, fueron a la casa donde vivía su familia a por él. Mientras se lo llevaban, advirtieron a su padre que se despidiera de él porque no lo volvería a ver con vida.

El militar casareño Ángel Mansilla destinado en Madrid.

Durante los hechos narrados más arriba, la esposa de Ángel, Tomasa Espinosa, también se encontraba en la cárcel de mujeres, en la ermita, al lado de los hombres, pero porque por ella abogó Pilar “la Chiveña”, una amistad de juventud, que dijo que con la muerte su marido Ángel, los miembros de la familia ya habían pagado bastante, no la fusilaron, aunque aquella amiga fue responsable de otras denuncias. Estando encerrada, a Tomasa, le dio una peritonitis y no llamaron ni a un médico ni tampoco la atendieron. Calmaba su dolor tumbándose sobre el suelo frio y, como contrajo una infección, tampoco la operaron. Tras cuarenta días, la soltaron y la enviaron a su casa para que muriera allí, pero sobrevivió, hasta que falleció poco antes de que se llevaran a cabo las exhumaciones de 1978[12].

Los días previos a la desmovilización general del Ejército Popular, Santiago Mijarra volvió a su pueblo desde la zona republicana. Venía con su esposa Cecilia Emilia, que estaba embarazada de siete meses y quería instalarse en el pueblo para dar a luz. Tras cruzar el Guadiana por el paso de la Barca, Cecilia le aconsejó que se volviera porque su vida corría peligro en el pueblo a pesar de las promesas de que no habría represalias, pero Santiago eligió quedarse. No tardaron en ser detenidos y encarcelados al haberse significado ambos como militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas. Por otra parte, contra Santiago y toda la corporación republicana existía una denuncia interpuesta por el teniente retirado de la Guardia Civil, Manuel Carracedo Otero, el 20 de agosto de 1938, que hacía responsables a los 16 denunciados del robo de los muebles y bienes de su casa y la colectivización de la misma cuando el 19 de julio del 36 la dejó cerrada, antes de huir a Villanueva de la Serena a unirse a las tropas sublevadas.

Con los detenidos de izquierdas las humillaciones fueron constantes. Para conseguir este objetivo supremo se llegó incluso a la perversión de la liturgia católica de la Semana Santa. Así, Santiago Mijarra fue trasladado a la ermita en procesión nocturna simulando el víacrucis de la pasión de Cristo. En medio de los insultos, pellizcos y patadas, las beatas conocidas como las “Filipinas”, las “Perdigonas” y la “Bubilla”, que le acompañaban desde la iglesia, se acercaban al reo por turnos para quemarle los brazos y las piernas con velas encendidas.

Las mujeres encarceladas eran peladas al cero inmediatamente y tenían que abonar una peseta al barbero por el servicio prestado. En el mismo día eran paseadas por las calleas del pueblo acompañadas y abucheadas por las que se consideraban cristianas. Esta era una fiesta aguada, mientras unas lloraban peladas y humilladas, otras reían, cantaban y bailaban alrededor de ellas[13].

Entre los días 24 al 26 de abril de 1939, los Campos de Concentración y la Comandancia militar de Casas de Don Pedro, pasaron a ser administrados por fuerzas del 4º Batallón de Falange y de las JONS de Badajoz del Ejército del Sur, al mando del capitán Faustino Múñoz Paniagua.

En capilla, preparando su encuentro con la muerte.

Antes de los hechos del mes de mayo relatados más arriba, durante abril, se llevaron a cabo varias sacas que se iniciaban en la ermita de Nuestra Señora de los Remedios que, con el beneplácito de la Iglesia, era utilizada como cárcel para los detenidos republicanos. Una de ellas se produjo a primeros: “El 4 de abril, Juan Cabanillas entra en la ermita con un farol y lee los nombres de los once prisioneros sentenciados. Solo morirán nueve porque Santiago Mijarra y Julián Arroba, a pesar de estar atados, huyen aprovechando la oscuridad[14]”. El propio Santiago afirma en su sumario que la saca se produjo el 25 de abril, y no el 4, como recoge el artículo de la revista Interviú. De madrugada, paisanos del pueblo y guardias civiles los montaban en un camión, esposados, en parejas atadas con cuerda por el codo, y los conducían a las afueras de la población en dirección a las fincas de Montecillo, las Caleras, las Parideras, los Palillos o La Boticaria.

La saca del 25 de abril estaba compuesta por Juan Arroyo Prieto, Guillermo Cano Fernández, Gregorio María Mijarra Gallego y Celestino Talaverano Ramos, además de Santiago Mijarra Gallego y Julián Arroba Múñoz, oficial del Ejército Popular. Durante el día anterior, Santiago, que sospechaba lo que iba a ocurrir por la noche, elaboró un plan de fuga que propuso a su hermano Gregorio, pero este rechazó unirse a él porque estaba derrotado física y anímicamente por el hambre y las palizas. El resto de sus compañeros se negaron a seguirle por lo arriesgado de la acción; solo Julián aceptó y en el momento de la saca se ofreció para ser amarrado con él.

De camino hacia el lugar de la ejecución, los dos hombres llevaron a efecto lo previsto: se tiraron del camión y se arrojaron por un barranco dando vuelcos hasta perderse en la oscuridad. Mientras tanto, les dieron el alto y a la vez disparaban sobre ellos desde arriba. Los fugitivos cruzaron el arroyo que estaba al fondo de la hondonada y consiguieron subir indemnes la pendiente del otro lado. No pararon de correr hasta llegar a la sierra.

El sacerdote que los acompañaba para darles la bendición antes del fusilamiento fue el que más persiguió a los dos fugitivos con una linterna en una mano y en la otra una pistola con la que no paraba de disparar.

Desde aquella noche del 25 de abril, cuando Santiago Mijarra y Julián Arroba, que iban atados juntos, amparados por la niebla, escaparon con vida mientras los llevaban a la finca del Montecillo, para cometer el primer fusilamiento de los que vendrían posteriormente, determinaron que a partir de entonces se ejecutaría siempre de día.

Cecilia Emilia García y Santiago Mijarra. “Mujeres y hombres de la sierra”, pág. 112.

Como represalia por lo ocurrido aquel día, un mes más tarde de aquellos hechos, el 27 de mayo a las cuatro de la tarde, paró un camión delante de una casa habilitada como cárcel donde se encontraban varios presos republicanos. Hicieron subir a tres mujeres: Rita Moñino Gómez, Cecilia Emilia García Rubio, de 24 años, esposa de Santiago; Petra Eloísa Talaverano Soto, de 23 años, esposa de Julián Arroba y además a Ángel Serrano Gallego y a Pedro Talaverano Soto. A dos kilómetros del pueblo fueron ejecutados cerca del río Guadiana en el sitio llamado las Parideras, después de haber sido torturados. Dejaron los cadáveres abandonados y un retén de dos paisanos que impedía a los familiares ir a darles sepultura bajo la amenaza de recibir el mismo tratamiento. A pesar de las voces de petición de auxilio de Eloísa, embarazada de meses, que estuvo agonizando durante horas, no se permitió el paso ni a la joven Elvira Jiménez Moñino ni a un campesino que intentó dar de beber a los moribundos. Los cuerpos quedaron varios días abandonados a merced de las alimañas, hasta que ya las autoridades ordenaron al enterrador que los sepultara en las trincheras cercanas.

Una vez libres en el monte, Santiago Mijarra y Julián Arroba consiguieron romper a mordiscos la cuerda que unía a ambos por los codos y, aunque Santiago se dejó un diente en el empeño, quedaron separados el uno del otro, pero seguían esposados. Así aguantaron algún tiempo, temerosos de presentarse a los campesinos por miedo a ser descubiertos, pero la necesidad los obligó a abordar a un trabajador que encontraron en el campo y este con un pico sobre una piedra les rompió las esposas, que ya tenía hundidas en las muñecas hinchadas y amoratadas. Iban en un estado lamentable, con el estómago vacío tras llevar varios días comiendo hierbas del campo y durmiendo a la intemperie de la noche, a la espera de poder unirse a un grupo organizado de huidos.

Santiago y Julián no tuvieron más remedio, para sobrevivir, que permanecer huidos en las sierras del entorno. A Santiago Mijarra la Guardia Civil, con el tiempo, le consideró jefe de una partida y se hicieron numerosos intentos para capturarlo. Por un lado, extendieron el bulo de que era el terror de la comarca para restarles apoyos amedrentando a los campesinos, y por otro idearon la trampa de enviar a Santiago Arroba Múñoz “Santiaguillo”, hermano de Julián, a buscarlos al monte bajo la amenaza de matarle si no regresaba con ellos. Pero la operación le salió mal a la Guardia Civil, pues Santiago decidió quedarse con su hermano en la sierra. Formaron entonces un grupo de tres huidos que deambularon por las inmediaciones de Casas de Don Pedro durante dos años, recibiendo la ayuda de campesinos que los conocían y que por lo general también habían sufrido la represión de los vencedores sobre ellos mismos o sobre sus familias[15].

Santiago Mijarra, guerrillero experimentado durante la guerra, y Julián Arroba, capitán del ejército republicano, constituyeron una jefatura conjunta por ser combatientes que contaban con instrucción militar en la guerra de guerrillas y, pudieron, por lo tanto, ocupar el mando, a la espera de la recuperación del jefe de la partida a la que, a finales de 1940, se habían unido, Valentín Jiménez “Sabina”, que actuaba en la comarca de La Siberia, y que resultó herido durante un asalto. Además, llevaban en la sierra desde abril de 1939, cuando escaparon de la saca del día 25 en Casas de Don Pedro, mientras que Valentín se incorporó el 3 de julio de 1940, después de una gran evasión de la cárcel de Puebla de Alcocer[16].

Santiago Mijarra nació el 30 de diciembre de 1911 en Casas de Don Pedro. Hombre de izquierdas, al inicio de la Guerra Civil fue nombrado jefe de la guardia por el comité local del Frente Popular. Se destacó por oponerse a la saca que los milicianos de la columna del capitán Medina quisieron llevar a efecto en su pueblo el 3 de septiembre de 1936. Sabedor de que la columna se acercaba, consiguió arrebatar las llaves de la iglesia a la guardia del comité y liberó a una veintena de desafectos allí encerrados, recomendándoles que se ocultaran donde pudieran. Era experto en el campo y militar curtido, movilizado durante toda la guerra en el frente de Extremadura, en la 91ª Brigada Mixta; pronto pasaría a una unidad de guerrilleros, dedicada a operaciones de sabotaje, que causó varios estragos en la retaguardia del enemigo. Durante un golpe de mano cayó prisionero en zona franquista en tierras de Logrosán (Cáceres); acto seguido fue condenado a muerte; esposado, le subieron a un camión para su ejecución, pero cuando el vehículo circulaba por la carretera, al tomar una curva se lanzó al suelo y logró huir. Le quedaba la difícil prueba de escapar de la zona enemiga. Maniatado y magullado tras la caída, consiguió alcanzar las posiciones republicanas[17].

Fusilamientos en el olivar del cortijo de “La Boticaria”

Manuel Ruiz Martín, sobreviviente de los Campos de Concentración Zaldívar-La Boticaria y Castuera. Noviembre 2004. Foto cedida por José Ramón González.

Retornando a la narración de los hechos que iban aconteciendo en el interior de los Campos de Concentración, podemos comentar que los militares prisioneros en la Casa de Zaldívar fueron seleccionados, evacuados y reunidos con los que estaban en el cortijo de “La Boticaria”. El relato de Manuel Ruíz Martín, que había sido uno de los primeros incomunicados en el doblao de este último cortijo, recinto donde se encontraba desde el 14 de abril de 1939, menciona la llegada de su hermano Anselmo, comisario de la 109ª Brigada Mixta, seguramente el 26 de abril, junto con el resto de militares republicanos apartados en Zaldívar, y nos añade una pincelada de su interior, aquellos días postreros, para conocer los pormenores ocurridos:

“Hasta que llegó la hora de que ya esto se desalojó, y nos quedamos todos aquí [los prisioneros de Zaldívar junto a los de “La Boticaria”]. [Consideraron que ya habían hecho la clasificación]. Sí, éstos [los prisioneros de Zaldívar] fueron todos allí [a “La Boticaria”]. [Anselmo] venía de Zaldívar, [contaba] que él creía que los que tenían metidos -yo no me fiaba-, que los tenían que hacer un juicio de guerra. Pero no hay juicio de guerra, no hay más que, que nos van a matar a todos de punta a punta. Digo: “Vámonos a la sierra. Nos tiramos a ellos una noche, los matamos, cogemos el armamento y nos vamos”. Dice: “No hables, que te van a matar”. Digo: “Sí, que me van a matar, lo sé yo”. Yo [cuando me entregué] estaba [con] mi madre y dos hermanas mías en el pueblo [Orellana la Vieja]. Y dice mi hermano: “Que, si nos vamos, a madre y nuestras hermanas las matan”. Digo: “Voy al pueblo y le pego fuego, de punta a punta”. Cuando llega la hora, mientras más duro eres, más tranquilo me quedo. [Mi hermano intentó convencerme]: “Que te matan”. “Que lo sé que me matan. Si es que nos van a matar, a ti y a mí”. Y claro, no me podía mover.

“Yo en Zaldívar no estuve, estuve en “Las Boticarias”. Todos los que [vinieron de Zaldívar y llegaron a “Las Boticarias”] los fusilaron. [Cuando los fusilaron, se los llevaron] a “Las Boticarias”. De Zaldívar a Las Boticarias. Mi hermano [Anselmo] estuvo en Zaldívar, y luego lo pasaron a “Las Boticarias”[18].

El 14 de mayo, víspera de la ejecución, los hicieron formar dentro del cortijo, para separar a los que habían de permanecer allí. Había reunidos alrededor de 200 prisioneros, de los cuales, los nombrados, iban saliendo de la formación para quedarse para siempre. Uno de los señalados fue Anselmo, hermano de Manuel:

Entonces fue cuando hicieron la clasificación. Ellos iban leyendo: “El que vaya leyendo, ¡venga a formar todos ahí, todos formados!”. Y yo estaba detrás de mi hermano. Y al salir, digo: “Tira para allá, que voy yo”. [Pensando que también me iban a llamar a mí]. Dirían: “Bueno, a éste, no lo matamos, pero, aunque sea, lo matarán más adelante. Para que les vamos a matar a los dos antes”, dirían. Aquí estaba él, allí estaban de militar, los fascistas, estaban de militar. Escoltando, escoltando a la gente. [Allí había] una compañía [militar].

Yo estaba detrás de mi hermano formado. Cuando nos sacaron [a Castuera], íbamos tres camiones, los llenaron, y los demás se quedaron allí, y entonces yo iba… Estaba formado detrás de él, y al nombrarle, digo: “Tira para adelante que ahora voy yo”. Y entonces, al ver yo algo… Yo sabía para lo que era [para fusilarlo], a ver. Entonces yo, a un sargento llamado Benito, del cuartel, digo: “Mi sargento, mire usted, que tengo una toalla aquí, de un muchacho, que ha entrado [que la ha metido] aquí, en mi macuto, y como se queda aquí, quería entregársela”. Dice: “Tira para allá si no te quieres quedar aquí”[19].

El 15 de mayo de 1939, se llevan a cabo el cumplimiento de misiones que no admiten demora, los fusilamientos, bajo la custodia y organización de la 4ª Cía del 4º Batallón de Falange Española de las JONS de Badajoz del Ejército del Sur. Lucía fuerte el sol cuando, a los prisioneros incomunicados en el cortijo de “La Boticaria”, los vieron por última vez, cavando sobre la tierra en el olivar, lo que se suponía iba a ser su tumba.

Croquis del Campo de Concentración “La Boticaria”, realizado por Benito Robles prisionero en el recinto.

Ese mismo día, el padre y el hermano pequeño de los dos jóvenes de la familia Casatejada, uno de los cuales estaba detenido en la finca de “La Boticaria”, se habían acercado para llevarle el almuerzo. Alcanzan a verle junto a otros incomunicados abriendo dos zanjas paralelas en medio del olivar:

“- Yo qué sé, yo qué sé, eso no se sabe… pero allí en el pueblo se decía que unos ciento y pico, sus ciento y pico… Ellos los sacaron por allí, cuando vino mi padre aquí; y aquí se paró la bestia. Había un guardia, aquí, en la puerta y otro guardia allí; y aquéllos les decían a éstos: ‘que se vaya ese señor de ahí, y si no se quiere ir le disparáis’.

– Y mi padre pedía por favor: ‘que salga mi hijo, aunque sea a la puerta que yo lo vea’. Y los muchachos le decían: ‘pero señor, si le estamos diciendo la verdad; ellos no están, no están ninguno ahí; ellos están en el olivar, allí detrás de la casa; que están abriendo una fosa para orinar y cagar allí; porque ellos meaban y cagaban’.

– Era en los trojes de aquellas paredes [donde] ya no hay nada (Felisa señala el vacío de un terreno adosado a las casas actuales), los trojes para echar las aceitunas; y claro, eso olía muy mal. Lo que estaban era abriendo las fosas de ellos que iban el otro día a matarlos; y entonces áquellos dijeron: ‘¡Eh, o le disparáis o le disparamos!’ Y se salieron ahí para fuera y se echaron el fusil a la cara para dispararles.

– Entonces la guardia civil le dijo: ‘por favor, aquí hay muertes, márchese usted’; y mi padre dijo: ‘pues mátenme a mí porque van a matar a mi hijo’.

– Y entonces mi hermano, el de 12 años, se abrazó a mi padre y se echó a llorar. Los muchachos le dijeron: ‘abuelo, por Dios, que nos parte el alma; márchese con este niño, siquiera por este niño’. ‘Padre, por favor, que lo matan. Qué voy a hacer yo sólo con las bestias’.

– Mi padre siguió para adelante, pero llevaba un temblor de piernas que ya no pudo hacer nada en su finca.

– Los sacaron por allí y los mataron… sí. Llegabas aquí y estaba todo lleno de soldados… y los que eran del pueblo recibieron la visita de los familiares [el día 14] porque los iban a trasladar; y sí que los trasladaron, pero al olivar, para toda la vida”[20].

Un poco antes de mediodía, el padre y el hermano, mientras están trabajando en unas tierras cercanas, escuchan las primeras descargas. Los piquetes encargados de los fusilamientos dispararon sus ametralladoras, seguramente las conocidas Hotchkiss. Para asegurar el orden en los alrededores de la campiña, se habría montado un servicio de vigilancia, que evitaría el paso a extraños que pudieran ser testigos del crimen genocida.

“- A las doce de la mañana, pa-pa-pa, porque mi madre lo estuvo sintiendo todo; aquí, aquí estaba la primera guardia, señalando desde el camino un lugar próximo al cortijo de ‘Las Boticarias’ “[21].

Manuel Ruiz, acumula en el siguiente testimonio, con extrema rapidez y brevedad al nombrarlos y describirlos, tremendos datos, un tanto desordenados, rasgos que se adecúan a los hechos relatados que confiere una fortísima intensidad a este trágico final donde son eliminados tantos hombres.

[A Anselmo le llamaron estando en el Campo de “La Boticaria”, hicieron un llamamiento], una lista, a los que se iban a quedar allí. A los que no nombraron, esos a los camiones, y a los que nombraron para fusilarlos.

Entonces mi hermano, al sacarlo(s) [a los primeros que llevaron al olivar], quedaron a él y a otro comisario, a un comisario, -que fue el primero que detuvieron [en el doblao] a él, y luego detuvieron a un comandante y luego a mí, en la casa, al doblao. Entonces, [a] mi hermano -que es a lo que iba-, cuando sacaron a los primeros [para fusilarlos], a mi hermano, lo dejaron, los del pueblo, para divertirse un poco con él. [Lo dejaron allí en la prensa]. A él y al comisario, a los dos. Entonces mi hermano abrió un boquete en la prensa, para darse a la fuga, pero el escombro cayó para el lado de fuera, y entonces al estruendo de caerse el escombro, pues un centinela, le vio, y entonces, le pegó un tiro. [Se dio cuenta]. Y luego le llevaron [donde los estaban fusilando], y uno de aquí, le pegó un tiro en un muslo, conforme llegó, allí, donde los estaban matando. Sí, donde les habían fusilado ya a los otros. [Anselmo fue en una segunda tanda]. Pero fue el mismo día. Al comisario y a mi hermano los dejaron para los últimos. Y entonces a mi hermano, pues ya digo, le pegaron un tiro en el muslo, ya que llevaba al otro [comisario, atado], para que no se pudiera mover, escapar, le pegaron en el muslo y [así] salía. [Ese destrozo que armó cuando intentó fugarse, fue] cuando lo sacaron, habían sacado a los otros ya [para fusilarlos]. Y él y el comisario los quedaron allí para divertirse[22].

Los soldados que salieron voluntarios para realizar los fusilamientos en el olivar presuntamente fueron gratificados con permisos de quince días. Hemos constatado que, al capitán y al teniente del 4º Batallón de Falange Española de las JONS de Badajoz, Faustino Múñoz Paniagua y Emilio Temprano Fernández, respectivamente, les fueron concedidos ambos permisos tras aquella fecha. Por lo visto, junto a los prisioneros, son también fusilados dos soldados nacionales que formaban parte del pelotón de ejecución, por negarse a disparar sus ametralladoras contra los republicanos, después de oír las súplicas del oficial militar Pedro Moreno Moreno, ante el mismo piquete.

Prisioneros esperando a ser fusilados.

Las versiones sobre el número de asesinados ese día varían. Una, habla de “51 soldados del ejército republicano”[23], otra como la que se recoge en la Causa General habla de los 70 “paseados” de Casas de Don Pedro (Badajoz)[24], por último, fuentes también cercanas a los sucesos hablan de “Yo qué sé, yo qué sé, eso no se sabe… pero allí en el pueblo se decía que unos ciento y pico, sus ciento y pico…”[25]. El caso es que los civiles y soldados derrotados caen entre lamentos y gemidos, unos encima de otros, mientras agonizan, con los brazos atados con alambres, en el hoyo que, un rato antes, habían cavado. Debemos tener en cuenta que, durante esa misma mañana, se condujo un camión repleto con los vecinos y paisanos que había encerrados en la ermita del pueblo, hasta el olivar donde se unieron más tarde con el contingente militar que ya estaba esperando allí el trágico final.

La dignificación de los caídos en las fosas comunes

La dictadura franquista que dio comienzo el 18 de julio de 1936, fue la más grande tragedia de nuestra historia contemporánea. Es un agravio que continúa trascendiendo y cerrándose, ya que aún persiste en la memoria de varias generaciones, el terror y la violencia desarrollada en aquella época, así como también el tratamiento insatisfactorio que se la dio durante la Transición.

El Ejército franquista con todos los medios represivos a su alcance, impuso el silencio, ejecutó mediante procedimientos sumarísimos y encerró en cárceles y batallones disciplinarios a miles de hombres y mujeres, ocultó a otros tantos miles de desaparecidos que aún, hoy en día, siguen en fosas y cunetas.

Ni en nuestra primera etapa democrática, ni aún ahora, la defensa de los Derechos Humanos se ha manifestado de forma contundente por parte del Estado español.

Su mayor fracaso ha sido su incompetencia para arropar a todo el país, alejar a todos los españoles del régimen franquista y llevarlos a la democracia. Para muchos supervivientes, la transición no llegó a tiempo. Solo a las fosas comunes exhumadas ha entrado la democracia. El resto permanece, fuera del tiempo y, contra todo sentido común, en la oscuridad franquista.

Los detenidos en la finca “La Boticaria”, fueron ejecutados en el olivar el 15 de mayo de 1939.

Pero ni siquiera las exhumaciones traen la libertad anhelada por la democracia a las víctimas. Muchos familiares cerraran su ciclo de aflicción y deshonra solo cuando estén convencidos de que la verdad sobre sus anónimos allegados sea conocido. Necesitan sentir que aquellos crímenes que acabaron con la vida de sus seres queridos han sido reconocidos y que el carácter injusto e ilegítimo de los mismos es incontestable. En ausencia de una verdadera justicia transicional y restaurativa, sin una Comisión de la Verdad, las víctimas han tenido que construir sus propios espacios de comunicación de la verdad y restitución en el imaginario nacional.

La historia de la familia Casatejada, que reflejaremos en esta conclusión, cuyos dos hermanos fueron asesinados y enterrados en la fosa del olivar del cortijo de “La Boticaria” (Badajoz) en 1939, nos servirá para comprender la utilidad social que una investigación tiene. La recuperación de sus cuerpos, sepultados junto con el resto de los soldados republicanos de la 109ª Brigada Mixta, entre 51 y 100 personas, se hizo en la primavera de 1978, fue la primera exhumación de la guerra realizada en Extremadura, durante la inmediata Transición. Felisa Casatejada, hermana de los muchachos desaparecidos, gestionó, con el resto de familias, el desenterramiento, la construcción del panteón con la lápida en el cementerio de Casas de Don Pedro, el funeral en la iglesia del pueblo y la nueva inhumación de los restos recogidos.

Por los testimonios de algunos supervivientes que lograron salir de allí, sabemos que, en general, fueron ofendidos y humillados, mientras permanecieron cautivos. El trato fue en todo momento vejatorio, e incluso las palizas fueron algo habitual. Les despojaron de sus documentos oficiales que les hicieron entregar para su identificación inicial, pero también les saquearon las pocas pertenencias que poseían. A los militares que fueron seleccionando para formar parte del paredón, les incomunicaron durante las semanas que permanecieron allí. La comida que recibían era a todas luces escasa, y era algo habitual contraer el paludismo y el tifus, por lo que muchos perecían en los hospitales a los que eran conducidos. La posibilidad de correspondencia con el exterior, estaba limitada a la posesión de medios materiales para disponer de papel y pluma, así como a unas normas epistolares formales, donde no cabían las quejas ni denuncias, sino todo lo contrario, la exaltación y el buen trato que recibían, además estaba supeditada a unos determinados días de envío.

El escarnio fue permitido hasta la hora de su fusilamiento, momento durante en el que también se ensañaron con los prisioneros que iban a morir, aplicando durante esos precisos instantes el máximo rigor y violencia. Previamente, durante las horas anteriores, les hicieron acudir al olivar donde iban a ser ejecutados, con la excusa de la construcción de letrinas para sus necesidades, donde cavaron sobre la tierra lo que se suponía iba a ser su tumba.

Exhumación de las fosas en el olivar del cortijo “La Boticaria”: 13 y 14 de mayo de 1978

La losa del miedo incrustado en el cerebro de todos y cada uno de los familiares de los represaliados durante el franquismo, comenzó a abrirse durante los primeros meses de 1978 en Casas de Don Pedro. La familia de los hermanos Casatejada ejecutados aquel 15 de mayo de 1939, inició las acciones para buscar los restos de todos los fusilados y “darles un entierro como a seres humanos” [26]. Pierre Nora, ha acuñado el término “lugares de la memoria”, para explicar cómo se transforma la relación entre los grupos sociales, la memoria y la historia bajo el impacto de la globalización y el desanclaje de los procesos locales con su pasado[27].

Fosas abiertas en el olivar del cortijo “Casa de la Boticaria”.

Los Casatejada, se dirigen en primer lugar al ayuntamiento del pueblo para dar a conocer al entonces alcalde, Juan Grande, sus intenciones. Éste no les pone ningún tipo de objeción, remitiendo el caso al Gobernador Civil de Badajoz para que fuese él quien diese su consentimiento en última instancia[28]. De esta manera, pasado un tiempo, Felisa Casatejada, en calidad de representante del grupo de familiares, es llamada a declarar ante el Gobernador. Inicialmente es instada a hacerlo sola, sin testigos, a lo cual se opone con vehemencia su marido, que la acompañaba. Este hecho refleja el miedo y el recelo que por aquel entonces seguían aún muy presentes en la sociedad[29]. El Gobernador le preguntó a Felisa por sus intenciones a lo que ésta respondió que su única intención era desenterrar los restos de sus familiares para darles cristiana sepultura, tras lo cual dio su permiso, no sin antes hacer una clara advertencia a Felisa: “quedarán prohibidas banderas, vítores y cualquier otro tipo de manifestación política”[30]. En caso de que esta advertencia fuera incumplida, Felisa fue amenazada con el encarcelamiento inmediato. Incluso, se la advirtió de la presencia durante los actos de personas que vigilarían su cumplimiento.

Una vez obtenido el consentimiento del ayuntamiento y de Gobernación, solo quedaba el permiso de la dueña de la finca, una descendiente de la terrateniente contemporánea de los hechos, la cual no pone objeción, imponiendo como única condición que, tras finalizar los trabajos, los terrenos queden repuestos[31].

Superados con éxito todos los escollos, aún quedaba reunir los medios materiales necesarios para realizar la exhumación. A pesar de que la iniciativa se acogió favorablemente en el pueblo, nadie en el lugar estaba dispuesto a ceder una excavadora, debido probablemente a posibles represalias posteriores. Por ello se tuvo que acudir a una localidad vecina para conseguirla. Fueron los propios familiares quienes solidariamente se hicieron cargo de los gastos ocasionados por los trabajos necesarios.

Acordaron que la exhumación de los restos y el funeral religioso, de manera simbólica, habrían de ser celebrados durante los días 13 al 15 de mayo, éste último día además festividad local de san Isidro. Durante el primer día se reunieron en el olivar de Casa de “La Boticaria” el grupo de familiares, acompañados por un elevado número de vecinos, algunos de los cuales acudieron para ayudar.

La forma de llevar a cabo la exhumación tuvo muy poco que ver con los sofisticados métodos actuales de excavación, documentación y tratamiento de los restos humanos[32]. La excavadora hundía la pala en el terreno, extraía montones de tierra y los allí presentes se encargaban de remover a mano la tierra extraída en busca de restos óseos. No tardaron en aparecer los primeros objetos, la suela de una alpargata, que produjo entre los familiares las primeras reacciones emotivas y de dolor. Conforme fueron avanzando los trabajos, los restos aumentaron. Entre los objetos recogidos se reconocieron efectos personales de sus seres queridos. Aparecieron los alambres con los que habían sido atados por los antebrazos los hermanos de Felisa y unas cananas de los militares franquistas que se habían negado a disparar contra los prisioneros y que, por ello, fueron también fusilados. El hedor que desprendía la fosa se hizo insoportable. Los huesos y objetos encontrados fueron ordenados pulcramente sobre unas sábanas blancas que, más tarde, se colocaron en varios féretros.

A pesar de las advertencias gubernativas, viendo que no se ejercía ningún tipo de vigilancia en el lugar de los trabajos de excavación, no faltaron las manifestaciones de índole político, se cantaron himnos izquierdistas y se mostraron banderas con los emblemas comunistas, socialistas y republicanos, dando así paso a la exaltación contenida que flotaba en el ambiente.

Inés Mansilla, en primera fila, la cuarta persona desde la izquierda.

Tras la primera jornada, que bastó para realizar la exhumación, emplearon los otros dos días hasta la fecha del traslado al cementerio, para velar en la misma finca, durante el día y la noche, los restos encontrados. Inés Mansilla Espinosa, hija de uno de los represaliados, Angelillo Mansilla, fue una de las dos mujeres trovadoras que compuso una serie de romances, versos recogidos por el acervo popular, y que recitó, durante los actos que tuvieron lugar. Por aquel entonces Inés tenía 50 años de edad. A diferencia de la otra repentizadora, Herminia Gallego Martín que, como ella misma nos dice, era una “señora analfabeta de setenta y cuatro años”, y que debió elaborar las coplas y seguidillas del audio recogido, Inés sabía leer y escribir[33]. Estos poemas sobre hechos truculentos y emotivos conectaban fácilmente con la sensibilidad popular, y supusieron un auténtico grito de indignación ante la injusticia que se había cometido en Casas de Don Pedro y sus alrededores.

Inés también había padecido la represión en su propia carne. Una noche del año 1947, tras haber aparecido en el cortijo donde vivía junto a otras personas, el grupo de maquis de Joaquín Ventas Cita “Chaquetalarga”, y haberles acusado de entregarles comida y ropa sin haberlo denunciado, la detuvieron junto al resto de las personas que convivían allí. Tras prenderla y torturarla, le cayó una condena de siete años que, por un conocido que intercedió, se la redujeron. Estuvo presa alrededor de siete meses en la cárcel de Badajoz, teniendo que ir, tras salir de la prisión, cada quince días a firmar al cuartel de la Guardia Civil de la localidad.

Gracias a las nuevas tecnologías de hoy en día, conocemos con precisión las coordenadas de referencia donde se encuentra la fosa, situada en 39º08´23.1”N y 5º20´23.6”W, en el término municipal de Puebla de Alcocer (Badajoz).

Siempre quedará la duda de si esta exhumación se realizó íntegramente o quedó alguna sección sin excavar, ya que el volumen de los restos encontrados (tres féretros llenos de huesos) no coincide con el número mínimo de personas que pudieron ser ejecutadas aquel día, cuyas fuentes hablan siempre de cifras por encima de 51 individuos.

Benjamín Rubio que, durante la guerra, había sido teniente en el Batallón de la 81ª Brigada Mixta que se había entregado en el valle de Casarente, y cuyas fuerzas se encontraban detenidas en el Campo de Concentración de Zaldívar, aunque por aquellas fechas se encontraba lejos de allí, realizando un curso de capacitación en la Escuela Militar de Paterna (Valencia), una vez de ser detenido en su localidad natal de Borriol (Castellón), tuvo ocasión de contactar con José Vinuesa, otro oficial de la misma unidad, que ya estaba juzgado y condenado a muerte, a pesar de que, por esta última razón, se hallaba incomunicado. En esa situación, tuvo la oportunidad de hablar un par de minutos con él, en el desarrollo de los cuales le pudo informar de lo acaecido en Casas de Don Pedro al entregarse a las fuerzas fascistas las unidades republicanas de aquel sector. Benjamín quedó horrorizado al saber lo que había ocurrido con un extenso número de compañeros. Se enteró que cayeron bastantes más, tanto comisarios como oficiales, “fue por lo visto una masacre”. José Vinuesa Sorli, no tardó mucho en caer junto con otros en el cementerio de Castellón.

Inmediatamente después de que, la hermana de otro comisario castellonense que se había enterado de los sucesos de Casas de Don Pedro enviara una carta a la familia Casatejada, el 26 de junio de 1978, remite otro escrito a Benjamín Rubio, que tras penar por cárceles y colonias penitenciarias hasta 1945 y formar parte del maquis y quedar libre de toda responsabilidad en 1949, sobrevivió a aquellos años nefandos del franquismo. Supo de este a través de otro familiar, y como conocía también que había sido compañero en la misma unidad militar que su hermano, le escribió para indicarle que se había publicado la información referida en la revista “Interviú”, por si sabía y le podía contar algo más. Benjamín le detalla que la referencia que había leído sobre lo ocurrido en Casas de Don Pedro “solo mencionaba las represalias de la gentuza fascista contra la población izquierdista”. El texto no aclaraba nada respecto de los militares de las fuerzas republicanas[34].

Traslado, misa y entierro de los restos en el panteón construido exprofeso para las personas sepultadas: 15 de mayo de 1978

La exhumación se realizó con gran acompañamiento de familiares, reuniéndolos en varios féretros y trasladándolos al cementerio, tras el debido luto que exige la dignidad humana, el 15 de mayo.[35] Tampoco, en plena Transición como nos encontrábamos, se contemplaban políticas de memoria que pudieran recoger los valores que los Derechos Humanos universales, preconizaban ya por aquel entonces de verdad, justicia y reparación.

Como colofón a una de las primeras exhumaciones de fosas organizadas de represaliados republicanos de la Guerra Civil, mencionaremos que el párroco de Casas de Don Pedro, en representación de los familiares, solicitó al Arzobispado de Toledo la concesión de la sepultura perpetua en el cementerio parroquial, “a favor de los muertos en acción de guerra en dicha localidad”[36]. Le fue concedida la propiedad del panteón nº 220, compuesto de cuatro nichos, el 7 de noviembre de 1978 “en favor de las personas cuyos restos mortales están sepultados en el mencionado panteón”[37].

Allí, desde entonces, cada 1 de noviembre, día de “Todos los Santos” y cada 15 de mayo, fecha de la terrible tragedia, podían visitar a sus familiares desaparecidos, y hacer uso de la memoria, recordarles. Eso quien conocía lo que había sucedido, que principalmente se trataba de personas de los pueblos de los alrededores, o que habían visto publicado el reportaje en la revista Interviú y lo relacionaron con la última referencia del lugar donde sabían que había estado su ancestro, que fueron muy pocas. Para muchas otras, el hecho permaneció y permanece ignorado. Ha sido investigando, entrando en los foros que las nuevas tecnologías han posibilitado, cómo se han ido conociendo nuevos familiares de aquellas personas asesinadas.

Felisa Casatejada junto con la hija de otro represaliado con el autor de este trabajo.

La familia del soldado Andrés Barrero, no pudo dignificar su memoria aquel año de 1978, porque la desaparición de su cuerpo impidió localizar su rastro. Fue veinticinco años más tarde, una vez descubierta la trama del suceso, cuando el 15 de mayo de 2003, se desplazaron diez miembros de la misma hasta la localidad, para visitar el panteón del cementerio, donde reposan sus restos y, en cuyo lugar, inscrito en la lápida, se hallaba su nombre que se había mandado grabar. Con ellos, se encontraba Felisa Casatejada, una de las activistas que propició la exhumación, ya anciana, igual que los hijos de Andrés, quien les explicó los hechos y los acompañó por los alrededores de la localidad, para mostrarles los “lugares de la memoria”.

Por último, el 2 de noviembre de 2019, en el cementerio municipal de Casas de Don Pedro, se celebró un Acto Conmemorativo por el 80º Aniversario de los Fusilamientos de 1939. Al mismo asistieron una extensa representación de familiares y personas sensibilizadas con aquellos asesinatos cometidos en torno a la localidad. Se expuso la posibilidad de que aquel homenaje fuera el germen y el origen que favoreciera la creación de una Asociación o Memorial encargada de velar y recordar la memoria de aquellos trágicos acontecimientos.

 

Romances, coplas y seguidillas compuestos durante los actos celebrados durante la exhumación de mayo de 1978 en Casas de Don Pedro.

Escucha los romances, coplas y seguidillas con la voz de las propias autoras:

https://www.ivoox.com/3960283

Romance: Veinte hombres

Autora: Inés Mansilla Espinosa[38]

Un día quince de mayo

en las Casas de Don Pedro,

fusilaron veinte hombres

sin darles un juicio previo.

Hoy día quince de mayo,

día de duelo y alegría,

carrozas van pa la ermita,

coronas pa el cementerio.

Unos cabalgan cantando

y otros lloran el recuerdo,

que hoy se cumplen muchos años,

se vistió de luto el pueblo.

Fusilaron veinte hombres,

veinte hombres indefensos.

Con los cables de la luz

les amarraron sus remos,

hasta derramar su sangre

lo mismo que nazarenos.

¡Ay si los campos hablaran

y dijeran lo que vieron!

Lloraban los labradores,

lloraban los ganaderos,

que sintieron las descargas

y escucharon sus lamentos.

 ¡Qué asesinos, qué traidores,

fue la autoridad del pueblo!

Robar leyes al letrado

y justicias al supremo.

Que haga con ellos justicia

el magistrado del cielo,

que les de su merecido

a esos leones sangrientos,

que otro nombre no merecen

por tanto daño como hicieron.

Que no canten cara al sol

los falangistas del pueblo,

que el pueblo viste de luto

mientras que viva el recuerdo.

Que no icen su bandera

que da suspiros al viento,

porque la llevan manchada

con sangre de los obreros.

Que un día 15 de mayo

en las Casas de Don Pedro

fusilaron veinte hombres

sin darles un juicio previo.

 

Romance: A la memoria de los fusilados por el fascismo en Casas de Don Pedro

Autora: Inés Mansilla Espinosa

En honor a la bandera,

levanto yo el puño izquierdo,

y voy a hablarles muy claro

a los fascistas del pueblo.

Donde tienen por patrona

la Virgen de los Remedios,

yo como Virgen la admiro

como Santa la venero.

Que utilizaron su ermita

para encarcelar al obrero,

y sacarles maniatados

como si fueran corderos.

Y llevarlos a los campos

y sacrificar sus cuerpos

y después “afusilarlos”

y tirarlos como perros.

Eso ha sido lo que hicieron

los fascistas de mi pueblo

que mataron a mi padre.

 

¡Sólo mataron su cuerpo,

que la sangre de sus venas

en las mías va corriendo!

Y también sus ideales

quedaron en mi cerebro.

Sé que descansa en la Gloria

junto con sus compañeros,

donde irán también sus hijos,

que los dejaron pequeños.

Sé que, debajo tu manto,

tú, Virgen de los Remedios,

ocultas lazos de luto,

tú llevas lazos de duelo;

que te mataron tus hijos

a los hijos de tu pueblo.

Tú, que tanto poder tienes,

castígales desde el Cielo.

 

Romance: La finca de las Boticarias

Autora: Inés Mansilla Espinosa

En la pintoresca vega

que está el pueblo de las Casas,

tienes tu campiña verde

en la finca (de) Las Boticarias.

Debajo de tus olivos,

quedó grabada una mancha,

que grabaron los fascistas

con sangre republicana.

A los treinta y nueve años,

la ley nos autorizaba

para recoger los cuerpos

de los hombres inocentes

que el fascismo “afusilaba”.

Hay una mujer que dice(n)

Felisa Casatejada:

¡Adelante, compañeros!

¡Adelante, camaradas,

que envuelta está con su sangre

la tierra que se levanta!

Que aquí se pudrió su cuerpo,

se pudrieron sus entrañas

y se pudrieron los senos

que los tuyos encontraban.

Ya se recogen los restos

y se llenaron tres cajas;

con banderas socialistas,

banderas republicanas,

con banderas comunistas

mujeres los ataviaban.

Con muchos claveles rojos

y con rosas encarnadas;

con coronas de laureles

en descanso de su alma.

Con lágrimas de sus hijos

aquel suelo se regaba

y al grito de libertad

que aquellos restos levantan

para darles sepultura,

en tierra cristiana descansan.

Cuando llegamos al pueblo,

redoblaban las campanas;

nuestros pasos en silencio

la Internacional marcaban.

Y, en la iglesia de San Pedro,

una misa se oficiaba;

en donde sus enemigos

a diario comulgaban.

Camino del cementerio

que os llevan tus camaradas.

Con lágrimas en los ojos

todo el pueblo te acompaña,

menos aquellos villanos

que hicieron esta matanza.

 

Hijos que nacen del pueblo

los llevan a fusilar;

su delito sólo ha sido

luchar por un ideal.

Llegamos al cementerio

de nuestro pueblo natal,

donde los restos descansan

para toda una eternidad.

El pueblo volvió llorando

porque el recuerdo está atrás;

porque su sangre y su cuerpo

se quedó en el olivar.

 

Seguidillas y coplas varias (De diversas métricas y rima asonante)

Autora: Herminia Gallego Martín[39]

Habrá quien, al oírme,

tranquilo diga

que yo me invento historias

y biografías.

 

De esas que en las novelas

todo es mentira.

Y digo que es verdad

si cuento mi vida.

 

¡Lo que he sufrido

en treinta y nueve años

con tantas mentiras

y tantos engaños!

 

Escuchad un momento,

que voy a explicar

y ya veréis

que todo es verdad.

 

Compañeros, la Falange

estaba en Casas de Don Pedro;

al terminar la guerra

empezaron por los encierros.

 

A todos los rojos

los metían en la jaula

y los sacaron un día

al Campo (de) las Boticarias.

 

A muchos, allí mismo

“afusilaron”

y a otros, a Castuera

se los llevaron.

 

En el Campo de Castuera

los tenían entre alambres;

los tenían sin comer

y estaban muertos de hambre.

 

Estaban muertos de hambre

y no se podía decir;

los sacaron sin comer

a un batallón de Madrid.

 

Ya llegaron, ya, a Madrid

tranquilitos como perros;

los cogieron maniatados,

los llevaron a Marruecos.

 

Y a nosotras, las mujeres,

no sabían dónde meternos;

como éramos muchas,

nos metieron en la Casa del Pueblo.

 

No consientas tantas injusticias

con los hijos de tu pueblo:

Un dieciséis de Abril…

¡No me quiero ni acordar!

 

A treinta y una en la cárcel,

a veinte y una peladas.

A todas horas, más derechas que un gamón,

todas, con la mano alzada,

cantando el Cara al Sol.

 

Nosotras, las rojas,

con mucha serenidad:

¡Compañeras, no asustarse,

no tengáis que acobardar!

Que nos metan en la cárcel,

presas por un ideal;

(que) nos meterán por rojas,

no por robar ni matar.

Ahora dicen que es mentira

y yo digo que es verdad.

Y yo, por ser roja,

seis años en el penal.

 

En el penal de Saturrarán,

las santiaguitas que había,

que yo tenía por compañeras,

muchas perdieron la vida

de sufrimiento y de pena.

 

Las monjitas que había,

que eran todas tan cristianas,

en vez de darnos comida,

nos daban un cazo de agua.

 

¡Virgen de la Merced,

patrona de los presos!

Tú sabes que es verdad lo que digo.

Por el Niño que tienes en brazos,

que no nos den tanto castigo.

 

Ten paciencia, Dorotea;

ten paciencia y no llores más,

si han matado a tus hijos

y besarlos no podrás.

 

Hay que tener paciencia

y vivir con más valor,

que a mi hermano le mataron,

este fascismo traidor.

 

Cortaron el árbol,

martirizaron su cuerpo,

pero hay raíces muy hondas,

que son las que están doliendo.

 

Y yo si muriera

moriré diciendo:

¡Arriba el Partido Comunista

y las raíces de los que murieron!

Aquí todo son penas

y sufrimientos.

El que no esté en la cárcel

no sabe lo que es infierno.

Pinté el sol, pinté la luna,

pinté la cárcel Modelo,

pero no pude pintar

las penas de un prisionero,

en una celda metido,

entre rejas y hierro.

 

Al pobre preso en la cárcel,

nunca le falta una pena:

o no le entregan las cartas,

o no le entregan las cestas.

 

¡Compañeros! De corazón os pido

que hay que tener valor

y luchar, todos unidos,

hasta triunfar nuestro partido.

 

Varias coplas y romances

Autora: Herminia Gallego Martín

Todo el pueblo sabe

que es verdad lo que digo,

que a otros pocos los mataron

en el Millar del Montecillo.

 

¡Compañeros!, esto es parte de la novela,

que a otros cuatro los mataron

y a tres mujeres,

en las Trincheras de la Paridera.

 

Una mañana temprano,

a dos compañeros sacaron

y, al pasar el arroyo,

en una pechera los mataron.

 

Después de hacer el hecho,

no echaban ni tierra,

que los dejaron tirados,

que los perros se los comieran.

Y aquel pobrecito que siempre

le tendré en mi recuerdo,

que lo quemaron en un chozo,

lo mismito que a un perro.

 

¡Ay, hermanito, hermanito del alma!

Esta historia es muy grande,

que siempre recordaré el día

que mataron a nuestros queridos padres.

Y aquel hermanito que llevaba

en las entrañas nuestra querida madre,

sin haber venido al mundo,

¡qué ofensa había hecho a nadie!

 

Nosotros éramos pequeñitos

cuando este caso pasó;

cuantos más años pasan,

más presente lo tengo yo.

 

Coplas

Autora: Herminia Gallego Martín

A los treinta y nueve años de dictadura,

han reconocido los partidos.

Y ahora estamos en Democracia

y hemos podido conseguir sacar los restos

de los que “afusilaron” en Las Boticarias.

 

Decían que no había nada,

que era una calumnia del pueblo.

Y lo hemos podido comprobar

con tres cajas de restos.

 

No querían decir

dónde estaban sepultados.

Trajimos una excavadora

y enseguida los encontramos.

Recogimos los restos

y se les hizo un entierro.

Se les hizo a su gusto,

que no se hizo al nuestro.

 

Nosotros tenemos paciencia

y con todo nos conformamos:

sólo con recoger los restos

de nuestros padres, hijos y hermanos.

 

Coplas

Autora: Herminia Gallego Martín

Hoy, día 8 de Julio de 1978,

todos los familiares nos juntamos

para recoger los restos

de los que, por un ideal, mataron.

 

Para recoger los restos,

uno de cada familia ha tenido que firmar.

Que el franquismo, para fusilarlos,

no precisó nada.  (Pronúnciese “ná”).

 

Ahora ninguno ha hecho nada,

todos a una boca diciendo.

Pero, si es verdad que creen en Dios,

derechitos irán al infierno.

Por la noche, a los falangistas

se les soltaron los nervios

porque cantamos los rojos La Internacional

en el cementerio, después del entierro.

 

Y ellos, que cantan el Cara al sol

y nosotros, con ellos no nos metemos.

Ellos, que canten lo suyo,

y, a nosotros, que nos dejen cantar lo nuestro.

 

Copla y romance

Autora: Herminia Gallego Martín

Hoy, día quince de Julio

de mil novecientos setenta y ocho,

todos los compañeros y compañeras nos juntamos

para recoger los restos

de los que en La Calera mataron.

 

 

 

En Casas de Don Pedro,

por todos los caminos hay un cementerio;

los franquistas los fusilaron

y nosotros recogemos los restos.

Ahora dicen que son de burro,

ahora dicen que son de perro.

¡Son de personas cristianas

y de mejor corazón que ellos!

Porque lo llevamos

al lado izquierdo.

Ellos, como lo tienen tan malo,

lo tendrán al lado derecho.

¡Ni con cien vidas que tuvieran cada uno

pagarán los crímenes que han hecho!!

 

Copla final. Despedida de la autora

Autora: Herminia Gallego Martín

Éste está recitado por una señora

analfabeta de setenta y cuatro años.

Pero tengo heridas tan hondas

que ¡¡jamás podré olvidarlo!!

 

 

[1] Candau, Joel. Antropología de la memoria, Buenos Aires, Nueva Visión, 2002.

[2] Ferrándiz, Francisco (2011), “Lugares de memoria”, en Rafael Escudero (coord.), Diccionario de la memoria histórica, Madrid, Catarata, p. 27.

[3] Ibid. P. 28.

[4] Comunicación mediante correo electrónico. Archivo Histórico Municipal de Puebla de Alcocer. 4 de marzo de 2016. Sigpac.gobex.es

[5] Ibid.

[6] López, Olga. “Felisa Casatejada: dos de sus hermanos fueron fusilados en Casas de Don Pedro”, “Hoy digital”, (15 julio 2005).

[7] Archivo General Militar de Ávila, DN, “Información. Prisioneros. Estados del movimiento de prisioneros en los Campos de Concentración dependientes de esta Agrupación, en los días 13 al 30. Abril 1939”. A.23/L.1/C.36, D.1.

[8] Barrero Arzac, Fernando (2009), Historia y tragedia de la 109ª BM en el Campo de Zaldívar (Badajoz). http://www.todoslosnombres.org/content/materiales/historia-tragedia-la-109a-bm-en-el-campo-zaldivar-badajoz.  Consultado el 25 de noviembre del 2019.

[9] Testimonios recogidos a A.B.M. durante los días 6 al 13 de noviembre de 2019 a través de las redes sociales.

[10] Testimonio recogido por el autor, a través de la conversación telefónica con Felisa Casatejada, el 23 de mayo del 2016.

[11] Testimonios recogidos a A.B.M. durante los días 6 al 13 de noviembre de 2019 a través de las redes sociales.

[12] Ibíd.

[13] Benito Díaz Díaz, José Ignacio Fernández Ollero. Mujeres y hombres de la sierra: La guerrilla antifranquista en La Siberia y La Jara toledana (1939-1950), Talavera de la Reina (Toledo), Colectivo de Investigación Histórica Arrabal, 2017.

[14] J. Catalán Deus, “El pueblo desentierra a sus muertos…”, p. 87, nº 109, 15-21 junio 1978.

[15] Benito Díaz Díaz, José Ignacio Fernández Ollero. Mujeres y hombres de la sierra: La guerrilla antifranquista en La Siberia y La Jara toledana (1939-1950), Talavera de la Reina (Toledo), Colectivo de Investigación Histórica Arrabal, 2017. Pp. 111-115.

[16] Ibíd. Pág, 117.

[17] Ibíd. Pág, 111.

[18] Extracto de la entrevista realizada a Manuel Ruiz Martín, superviviente de los campos de concentración de Zaldívar-La Boticaria y de Castuera, en Orellana la Vieja (Badajoz), por José Ramón González Cortés el 27 de noviembre del 2004. Transcripción magnetofónica por Fernando Barrero Arzac.

[19] Ibid.

[20] Testimonio de Felisa Casatejada, recogido en septiembre de 2003. En: Memoria histórica y Guerra Civil. Represión en Extremadura. Julian Chaves Palacios, coord. Diputación de Badajoz, 2004.

[21] Ibid.

[22] Extracto de la entrevista realizada a Manuel Ruiz Martín, superviviente de los campos de concentración de Zaldívar-La Boticaria y de Castuera, en Orellana la Vieja (Badajoz), por José Ramón González Cortés el 27 de noviembre del 2004. Transcripción magnetofónica por Fernando Barrero Arzac.

[23] Catalán Deus, José.El pueblo desentierra a sus muertos. Casas de Don Pedro, 39 años después de la matanza”, en Interviú; n.109 (15/21-VI-1978), pp. 86-88.

[24] Juliá, Santos (Coord.). Víctimas de la guerra civil. Madrid, Ed. Temas de hoy, 2004, p. 334.

[25] Chaves, Julián (Coord.). Memoria histórica y Guerra Civil: Represión en Extremadura. Diputación de Badajoz, 2004, pp. 301-303.

[26] Catalán Deus, José.El pueblo desentierra a sus muertos. Casas de Don Pedro, 39 años después de la matanza”, en Interviú .109 (15/21-VI-1978), pp. 86-88.

[27] Ferrándiz, Francisco (2011), “Lugares de memoria”, en Rafael Escudero (coord.), Diccionario de la memoria histórica, Madrid, Catarata, pág. 29.

[28] VV.AA. (2012). Pioneros de la memoria: Excavación de la fosa de represaliados republicanos en la finca “Las Boticarias” en Casas de Don Pedro (Badajoz) en la primavera de 1978.

[29] Ibid.

[30] Ibid.

[31] Ibid.

[32] Herrasti Erlogorri, L.; Jiménez Sánchez, J.M. “Excavación arqueológica de los enterramientos colectivos de la Guerra Civil”, Boletín Galego de Medicina Legal e Forense, nº 18, 2012, pp. 29-45.

[33] Testimonios recogidos a A.B.M. durante los días 6 al 13 de noviembre de 2019 a través de la redes sociales.

[34] La mayor parte de la información local de Traiguera (Castellón), ha sido una aportación de Rosa Compte Esteller, a quien agradecemos su colaboración y cesión de la documentación y fotografías.

[35] Barrero Arzac, Fernando (2009), Historia y tragedia de la 109ª BM en el Campo de Zaldívar (Badajoz). http://www.todoslosnombres.org/content/materiales/historia-tragedia-la-109a-bm-en-el-campo-zaldivar-badajoz

[36] Documentación generada durante la construcción del panteón para depositar los restos de los fusilados en la localidad durante el año 1939. Octubre-noviembre de 1978.

[37] Ibid.

[38] Estos versos que insertamos a continuación forman parte de la colección de romances recitados por la trovadora Inés Mansilla Espinosa, durante los desenterramientos en el olivar de “La Boticaria” y en otros lugares de Casas de Don Pedro durante la primavera-verano de 1978. Romances y coplas cedidas por Felisa Casatejada. Transcripción de Fernando Barrero Arzac. Adaptación y arreglos métricos de los versos de Paco Buj Vallés.

[39] Estos versos que insertamos a continuación forman parte de la colección de coplas y seguidillas recitados por la trovadora Herminia Gallego Martín, durante los desenterramientos en el olivar de “La Boticaria” y en otros lugares de Casas de Don Pedro durante la primavera-verano de 1978. Romances y coplas cedidas por Felisa Casatejada. Transcripción de Fernando Barrero Arzac. Adaptación y arreglos métricos de los versos de Paco Buj Vallés.

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9 respuestas a En torno al 80ª Aniversario de los Fusilamientos de 1939 en el olivar del cortijo de La Boticaria (Casas de Don Pedro, Badajoz)

  1. Jaime Ruiz dijo:

    Buen trabajo!

  2. Juli Miranda Talaverano dijo:

    Magnifico trabajo, cuanto me hubiese gustado que mi abuela y mi madre hubieran podido leerlo, les habria reconfortado saber que esta masacre se poda leer en publico y en voz alta, por tantas veces como tuvieron que morderse la lengua. Aunque mi abuela se convirtió en la pesadilla de la que consideraba responsable, quería sobrevivir a todos los culpables y casi lo consiguió murió con 100 años.
    gracias Fernando ya que no hay justicia ni reparación al menos que se sepa la verdad, eran inocentes y murieron como martires a pesar de que no se les reconozca como tales .

    • Gracias Juli.
      Tus palabras me llenan de satisfacción, y más esas bonitas palabras de que a tu abuela y tu madre les hubiese reconfortado, el saber que la verdad habría quedado labrada con esta bella herramienta como es la palabra.

      Abrazos.

  3. Gran trabajo de reconstrucción el que has realizado, me ha traído recuerdos y compasión por todos ellos y todos nosotros, para que nunca sucedan de nuevo hechos semejantes.

    • Gracias José por esas palabras tan amables. Celebro que como precursor de esta investigación sea de tu agrado. Gracias al rastro del texto documental que comenzaste a elaborar allí por 1978, a los que hemos venido posteriormente nos ha servido de acicate.

  4. Jota dijo:

    Los fusilamientos de la Boticaria y Zaldivar, no fueron “ejemplarizantes” como dices. La guerra estaba ya ganada y no había que dar escarmiento a nadie, sino venganza. Digamos que los fusilados recibieron, después de unos años de guerra atroz, lo que merecieron por sus actos.
    Nada que ver con los asesinados en nombre de la República, terror rojo que llamaban, donde antes de la guerra o en los primeros días, murieron asesinados miles sólo por sus ideas, por su estatus o por su moral.
    Lo de después fue venganza… o justicia, según se quiera LLAMAR, en cualquier caso TODOS víctimas del poder en manos de incompetentes que se ocuparon más de enfrentar a la gente que en solucionar problemas.
    Exactamente lo mismo que pasa en la actualidad.

  5. Jota dijo:

    La 109 brigada mixta estaba compuesta fundamentalmente por mandos “desubicados”, es decir, con ideas contrarias a la atrocidad de los dirigentes republicanos… Digamos que “derecheaban” o “fascisteaban” que es palabra que más os gusta a los guerracivilistas.
    Cuando la guerra estaba acabando y se hacía patente el fracaso político-militar de la República, el frente se quedó vacío. Hubo una desbandada general (no conozco ni una sola resistencia heroica en esas filas).
    Talarrubias fue “tomada” en nombre del ejército nacional por mandos de la 109.
    Sobrevivieron, la inmensa mayoría, a las cárceles y campos de concentración.
    A las cunetas sólo fueron los represaliados del primer momento, aquellos que con sed de venganza por lo sufrido no pudieron esperar a que se instruyera la Causa General.
    No te engañes, esa fue la verdad.

    • Está equivocado, por que si hay un hecho que he podido demostrar documentalmente, es que la eliminación del primer momento, en los propias frentes de batalla, nada más entregarse las tropas republicanas, los propios regimientos franquistas tenían establecido un plan sistematizado y selectivo de eliminación, coordinado por el SIPM, las Divisiones nacionales y Franco. Lo que formó parte de la venganza rural en las localidades de su origen (me imagino que usted pertenece al entorno de La Siberia extremeña), fue la eliminación de un abundante volumen de civiles vecinos de aquellas localidades. Estas muertes sí que que seguramente se puede hablar de ellas como realizadas con sed de venganza. Pero había otra gran cantidad de militares republicanos que formaban parte de las Brigadas que defendían aquella geografía, que no eran de allí, y por lo tanto desconocidos para la inmensa mayoría, que fueron ejecutados allí mismo, sin posibilidad de pasar bajo responsabilidad de la Auditoría del Ejército de Ocupación, donde hubieran podido tener algunas garantías de ser procesados.

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