La trampa

Pulsa y escucha el himno de la 109ª Brigada Mixta

   “Nadie nos dio nada. Recordando a las mujeres enlutadas, alguien dijo: Ellas querían   darnos un trozo de pan.

Nadie pudo pegar un ojo aquella noche. Los piojos nos desvelaban, apenas el sueño empezaba a apoderarse de nuestros fatigados cuerpos; la falta de espacio            imposibilitaba más el descanso.

Imaginaos la escena en el gran teatro destartalado de Casas de Don Pedro aquella       noche. No creo que la vigilancia, por parte de las fuerzas vivas, se hiciera en el interior del local.

No faltaron tampoco los que, con rabia, entonaron el himno de la Brigada, aquel que   compuso  -letra y música-  el querido Comandante, así como La Internacional. Habíamos caído en la trampa.

Larga, interminable aquella noche. Al fin, a través de los sucios cristales de las            ventanas, entraban los primeros rayos de luz de un nuevo día. Apenas distinguíamos los rostros de los compañeros en torno nuestro. Nadie hablaba. Caras serias, amenazantes de impotencia.- ¿Qué harán hoy de nosotros? ¿Por qué no nos   marchamos, a monte través, hacia nuestras casas?  Creo que, ahora, todos coincidíamos en lo idiota de nuestra actitud al creer en palabras amables.

Había cesado la lluvia y los mismos guardias de la noche anterior nos hicieron salir a   la plaza, con la orden de llevar las maletas abiertas, pues había que proceder a un registro minucioso, uno por uno. En orden inverso a la salida, fuimos entrando nuevamente al salón. Nos aliviaron del peso, pues todo lo que constituía de algún valor se amontonaba en la antesala, según la especie: aquí, las cazadoras; allá los relojes; por acá las botas, carteras, etc., etc.

Habla un guardia:

-¡Mirad  estos comunistas cómo se cuidaban! No lo repartían entre los pobres, no.       ¡Rojos egoístas!

Me atreví a suplicar:

-Señor guardia: esta máquina de afeitar es de plata que, con su estuche, me regaló un tío  scerdote el día que aprobé las oposiciones al Magisterio. No la aparte, por favor.

-¿Para qué la quieres?  Con barba estarás más a tono; como si fueras un ruso.  ¿No    queríais que ganara Rusia?

Callé ante las estupideces oídas. Me dejó la maleta de madera vacía casi. El casi         consistía en un par de alpargatas miñoneras nuevas que me dieron en nuestra Intendencia.  Conservo la maleta todavía. Me la hizo un buen carpintero de Villanueva. Aún está legible mi dirección en ella; por si moría, para que la hicieran llegar a casa o escribieran, al menos; así sabrían dónde habían quedado mis restos.

Y así, con estos menesteres tan provechosos, pasó aquella mañana… Aún confiábamos en que nos extenderían el pasaporte.

-Ya nos han desvalijado. ¿Qué más quieren de nosotros, soldados de las quintas?

Pudimos ver cómo aquellos guardias subían en un gran camión baúles, maletones y    fardos… y desaparecieron, plaza adelante”[1].


[1] Buj Pastor, Francisco. Memorias de la Guerra Civil (1936-1939). Tarrasa, 1980.

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